La búsqueda de la esencia humana, de
ventilar lo escondido, el deseo de saberlo todo nos llevan a pensar que el
secreto del crimen se inscribe en un misterio todavía más difícil de desvelar,
el misterio de los orígenes. Este afán de conocimiento, esta sed insaciable,
este apetito voraz antes mencionado y del que hacía alarde Doña Emilia cuando
lo podía, es la manifestación de la pulsión de investigación definida por Freud
en Tres ensayos sobre la teoría sexual, de 1905. La pulsión de
investigación o epistemofílica Wiss-oder

Forschertrieb está relacionada
con el placer escópico, con el deseo de ver lo que ocultan las superficies. La
meta de esta investigación es procurar entender cómo nacen los niños, Freud, en
un añadido de 1924, indica que las creencias que pueden tener los niños son varias
y que la zona del pecho materno y del vientre suscitan varios fantasmas: los
niños existen después de la ingestión de algún alimento, salen del cuerpo
materno por vía anal. Precisa Freud, al final del texto de 1924, que a menudo,
son vanos los esfuerzos del investigador y que éste suele renunciar, lo cual
puede acarrear una degradación duradera de esta pulsión. 1Emilia Pardo Bazán no
parece haber dejado de lado nunca este deseo intenso, esta obsesión contante
que la llevó a confesar que había examinado láminas con tejidos humanos, que se
había interesado de manera temprana por la literatura, por las ciencias, por la
religión, por las culturas extranjeras y por todos los recovecos ocultos de la
sociedad. De hecho, el sujeto lector reconcentrado podrá hallar, como resultado
de esta pulsión, a la figura de Diógenes en tres momentos distintos de la obra
de Emilia Pardo Bazán: en Un viaje de novios de 1881, Los pazos de
Ulloa de 1886 o también en el cuento

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1 Freud, Sigmund, “La
sexualité infantile”, in Trois essais sur la théorie sexuelle, Paris,
Gallimard, 1987, pág. 126.